España atraviesa junto con sus vecinos europeos una crisis de financiación pública que ha dejado de lado, en las prioridades gubernamentales, cualquier otra cuestión. Los recortes de las pensiones, de los sueldos de los funcionarios, el atraso de la edad de jubilación y la reforma laboral han prosperado, a pesar de la impopularidad de las medidas, por imperativo europeo y de los mercados financieros.
Ahora es el turno del techo del déficit público. Tras estrangular más los gastos con el objetivo de no superar el 6% de déficit en 2011, se inicia la tramitación de la modificación constitucional para exigir a gobiernos centrales y autonómicos el equilibrio presupuestario. Contra todo pronóstico se ha logrado el acuerdo de los dos partidos mayoritarios aunque esto no signifique, que nacionalistas y otros partidos minoritarios, sindicatos y movimientos sociales, hayan dado el visto bueno.
La razón de emergencia que justifica el cambio de la carta magna viene indudablemente por prescripción de los líderes de Europa y para dar solvencia (real o aparente) a los mercados financieros, lo que permitirá teóricamente asegurar la financiación de las arcas públicas y mejorar los tipos de la misma. Indirectamente, pero no menos importante, es hacer entender a la clase gobernante que la deuda soberana no puede crecer indefinidamente, ni por motivos de solvencia, ni por eficiencia en el gasto público.
Las razones esgrimidas contra el cambio son varias:
La proveniente de los sectores de izquierda (IU, sindicatos, 15M) es la que denuncia una limitación del gasto social y la puesta en peligro del estado del bienestar. Resulta evidente que los recortes puestos en marcha ya pronostican la pérdida de ciertos privilegios sociales obtenidos a base de préstamos acumulados que no se devuelven. Pero, ¿puede un estado permitirse el lujo de incrementar indefinidamente su deuda para garantizar el gasto social? Los presupuestos generales deben poder mantener un gasto social razonable y al mismo tiempo el equilibrio presupuestario. De no ser así, se requiere de recortes de gastos de menor prioridad y de una mejora en la gestión de los recursos.
Desde la óptica macroeconómica es lógico que produzca vértigo limitar el único instrumento que la España del Euro tiene para luchar contra los cambios de ciclo. Pero el nuevo articulado establece su aplicación para 2020 y abre la puerta en casos de crisis, emergencia y catástrofes, lo que, en la práctica, no encorseta el gasto más que en su carácter corriente.
Nacionalistas y partidos minoritarios tienen derecho a sentirse fuera del juego político en cuanto PP y PSOE pactan. En especial cuando se trata de la Constitución, que se preserva casi intacta desde su creación y se venera como eje estabilizador de una nación dividida en ideologías y nacionalismos beligerantes. El símbolo que este texto adoptó desde el momento en el que unió a todas las fuerzas políticas en la transición, se disuelve parcialmente al no pertenecer, por acuerdo unánime o referéndum popular, a todos los españoles. El propio texto constitucional y la mayoría que representan gobierno y oposición legitiman el acto aunque podría degradar el respeto ciudadano a este texto. Vean una esclarecedora intervención de Rosa Díez, líder de Unión Progreso y Democracia: http://youtu.be/H084JMVArcg.
Los ciudadanos del mundo se merecen gobernantes honestos y eficientes pero, en su defecto, leyes que garanticen la buena práctica política. Si el equilibrio presupuestario con sus matizaciones es razonable, conviene garantizarlo, con o sin modificación constitucional. El objetivo es el adecuado, sólo el tiempo dirá si el camino elegido, el preferible.
